Brooklyn Rivera: el padre, el líder y la búsqueda de una Costa Caribe unida

A través de los recuerdos de su hija y de quienes conocieron su trayectoria, un encuentro en memoria de Brooklyn Rivera permitió acercarse a dimensiones menos conocidas de quien durante […]

  • A través de los recuerdos de su hija y de quienes conocieron su trayectoria, un encuentro en memoria de Brooklyn Rivera permitió acercarse a dimensiones menos conocidas de quien durante décadas defendió los derechos, la autonomía y los territorios de los pueblos indígenas de la Costa Caribe de Nicaragua.

Washington, D.C., 29 de septiembre de 2025.– Para el mundo, Brooklyn Rivera fue un líder indígena miskitu, defensor de los derechos de los pueblos de la Costa Caribe y una figura central de la organización indígena Yatama. Para su hija Tininiska, también fue el padre que celebró cada uno de sus cumpleaños, que le cantaba canciones en miskitu y religiosas, y que la acompañó en cada etapa de su educación.

Esa dimensión más personal fue una de las que emergió durante el encuentro virtual realizado en su memoria, denominado “La voz que no lograron silenciar: Brooklyn Rivera y la lucha por la autonomía de los pueblos indígenas en Nicaragua”, organizado por Raza e Igualdad,  y en el que participaron su hija Tininiska Rivera, el antropólogo y politólogo Miguel González y el defensor indígena Mayangna Rendel Hebbert, bajo la moderación de Carlos Quesada, Director Ejecutivo de Raza e Igualdad.

Más que reconstruir su trayectoria política, el encuentro permitió mirar a Ta Upla Brooklyn Rivera desde las voces y experiencias que nos ayudan a comprender quién fue realmente Brooklyn Rivera  y qué ideas guiaron su vida.

Un padre que entendía la educación como una forma de defensa

Tininiska recordó que su padre escogió su nombre, que significa gorrión, pero cuando estaban en privado la llamaba “Kabuyula”, nombre con el que se le conoce a un pájaro más pequeño que el gorrión y que se observa principalmente en la Costa Caribe. Además, rememoró, él estuvo presente en sus cumpleaños desde que nació hasta que cumplió 29 años. Había regalos, almuerzos, pasteles y tiempo compartido.

También recordó una faceta menos conocida: su espiritualidad. Brooklyn le cantaba canciones en miskitu y canciones religiosas, leía frecuentemente la Biblia y asistía frecuentemente a la iglesia. La fe, dijo Tininiska, era parte de su vida cotidiana. Pero si hay algo que marcó profundamente la relación entre ambos fue la importancia que Brooklyn concedía a la educación.

Desde pequeña, le insistió en que estudiara, que se preparara profesionalmente y que adquiriera las herramientas necesarias para defender los derechos de los pueblos indígenas. Tininiska aseguró que, para él, la educación no era únicamente una vía de realización personal: también era una herramienta para que las personas indígenas pudieran representar a sus pueblos y defender sus derechos.

Tininiska compartió que su padre la acompañó durante la primaria, la secundaria y la universidad y que celebró con especial orgullo cada uno de esos logros, y que después de que ella obtuvo su título universitario, le dijo: “Ese es mi mayor herencia que yo te puedo dejar para la vida”.

También refirió que aunque él celebraba siempre los cumpleaños de ella, él no era de celebrarse a sí mismo cuando cumplía años cada 24 de septiembre. Sin embargo, nunca faltaron los homenajes de parte de su familia, amigos y comunidad. Ella en particular era quien preparaba comida y un pastel de quequisque o yuca para llevárselos.

Un liderazgo marcado por la búsqueda de la paz y la autonomía

La historia pública de Brooklyn Rivera estuvo estrechamente vinculada a la organización y defensa política de los pueblos de la Costa Caribe.

Miguel González, profesor asociado en la Universidad de York, Canadá, y originario de Bluefields, situó sus primeros pasos en el liderazgo en los años setenta, cuando, siendo estudiante universitario, Brooklyn comenzó a relacionarse con otros jóvenes, docentes y liderazgos comunitarios preocupados por la discriminación histórica que enfrentaban los pueblos de la Costa Caribe.

La creación de MISURASATA fue uno de los momentos fundamentales de ese proceso, según González, quien señaló que años después, en 1987, la fundación de Yatama representó otro momento decisivo: la búsqueda de una organización política capaz de reunir distintas expresiones de la Costa Caribe y participar en el proceso de paz y en la vida política de la región.

Para González, hay un elemento que atraviesa toda esa trayectoria: la búsqueda de la paz y de la autonomía. En sus palabras, Brooklyn entendía que en la Costa Caribe era necesario dialogar, negociar y alcanzar acuerdos duraderos, y esa vocación no desapareció con el paso de los años ni con los cambios políticos, sino que se mantuvo como una forma de entender la política y el liderazgo.

Su visión tampoco se limitaba a un solo pueblo. González destacó que Brooklyn mantuvo una idea de una Costa Caribe unida, integrada por pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y población mestiza costeña, dentro de un proyecto de autonomía y reconocimiento de derechos.

“Unidad en la diversidad”

Esa visión apareció también en el testimonio de Rendel Hebbert, quien conoció la figura de Brooklyn desde niño, cuando escuchó por primera vez su nombre a través de familiares involucrados en la defensa de los derechos de los pueblos indígenas y de la autonomía.

Para Hebbert, Brooklyn no construyó su liderazgo únicamente alrededor del pueblo miskitu, sino que una parte importante de su legado estuvo en la búsqueda de relaciones entre los distintos pueblos de la Costa Caribe. Ello lo resumió en una expresión que atravesó su intervención: “unidad en la diversidad”.

De acuerdo con su testimonio, esa idea se expresó en acciones concretas para procurar representación de los pueblos Mayangna y de otras comunidades dentro de Yatama y en distintos espacios de participación política y regional.

Asimismo, en el rol que jugó Brooklyn Rivera en la fundación de la Universidad de las Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense (URACCAN) y de la Bluefields Indian and Caribbean University (BICU), o bien, en la aprobación de la Ley 445, ley que regula el régimen de propiedad comunal de las tierras de los pueblos indígenas y comunidades étnicas de la Costa Caribe y de las cuencas de los ríos Coco, Bocay, Indio y Maíz.

Una preocupación que venía de antes de 2018

La defensa del territorio también aparece en los recuerdos de Tininiska. Ella contó que su padre llevaba años expresando preocupación por la situación de los pueblos indígenas. Desde 2014, dijo, observaba con inquietud lo que ocurría en Nicaragua y, particularmente, las condiciones de las regiones autónomas, históricamente alejadas de los centros de poder del país.

Con la crisis de 2018, esa preocupación se hizo todavía más profunda. Tininiska recordó que Brooklyn consideraba que la situación podía empeorar y advertía sobre los riesgos para los pueblos indígenas y sus territorios, especialmente ante la presencia de empresas y proyectos que, desde su perspectiva, podían afectar los territorios indígenas y sus recursos.

Más allá del nombre

La figura de Brooklyn Rivera suele aparecer asociada a grandes acontecimientos políticos de la historia reciente de la Costa Caribe de Nicaragua. Sin embargo, las voces reunidas en este encuentro permiten acercarse a una persona que existía más allá de esa dimensión pública.

Era el padre que escogió el nombre de su hija. El hombre de fe que cantaba en miskitu y leía la Biblia. El padre que convirtió la educación de su hija en una de sus mayores herencias. El líder que, según quienes conocieron su trayectoria, mantuvo la paz y la autonomía como ejes centrales de su pensamiento. Y el dirigente que buscó construir puentes entre pueblos distintos bajo una idea de unidad en la diversidad.

Recordarlo desde esas distintas dimensiones permite comprender que su legado no se reduce a los cargos que ocupó ni a las organizaciones que ayudó a construir. Está también en las ideas que transmitió, en las personas que formó y en su manera de entender la defensa de los pueblos indígenas como una tarea colectiva.

Brooklyn Rivera murió el 30 de mayo de 2026, bajo custodia del Estado, después de más de 970 días de desaparición forzada. Este 29 de septiembre se cumplen tres años de su detención arbitraria, por lo que recordar su legado es honrar su lucha y su memoria. Desde Raza e Igualdad, mantenemos el compromiso de continuar trabajando junto a su familia y organizaciones de derechos humanos para obtener verdad, justicia y reparación para sus seres queridos y los pueblos indígenas y afrodescendientes en Nicaragua.

 

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