La activista cubana Aymara Nieto, un año después de comenzar una nueva vida en República Dominicana
Tras su excarcelación y destierro, la defensora de derechos humanos habla sobre su situación actual, el impacto del exilio en su familia y el seguimiento a las violaciones de derechos humanos en Cuba.
El año transcurrido desde que Aymara Nieto aterrizara en Santo Domingo, República Dominicana, procedente de La Habana representa el tiempo de libertad reconquistada, pero también de distancias e incertidumbres varias. Muchos acontecimientos sucedieron a nivel mundial desde entonces: la geopolítica se ha reconfigurado, los cambios han sobrevenido y la vida de quien fuera una reconocida integrante de las Damas de Blanco, el movimiento ciudadano de oposición pacífica fundado en 2003 por familiares de disidentes encarcelados, también se ha transformado. Hoy, luego de un intenso período de adaptación a su nueva realidad y tras lo que describe como un profundo encuentro con la fe, nos concede esta entrevista.
En agosto de 2025, tras más de seis años de prisión política y acoso, fuiste obligada a exiliarte en República Dominicana, ¿cómo ha sido el proceso de reconstruir tu vida lejos de tu patria y cuáles han sido los mayores desafíos de adaptación durante este periodo?
“Ha sido una experiencia muy fuerte para mí, para mi familia, ya que se me obligó a salir de mi país por defender, en mi patria, los derechos humanos y la libertad de los presos políticos.
Cuando llegué a RD, fui acogida por hermanos de lucha de la ‘Fundación Cubano Americana’. Y tengo una relación muy especial con quienes me recibieron, que desde el encuentro en el aeropuerto nos brindaron su casa sin ningún tipo de interés. Me apoyaron, y todavía son mis padres adoptivos aquí, pues todos los días mantenemos esa comunión de que yo soy su hija. Con ellos celebramos el cumpleaños de la niña, los aniversarios de nosotros. La verdad es que ha sido algo muy bueno en mi vida: contar con personas con valores, que al enterarse de que hemos pasado por cosas tan malas como familia, nos han dado ese soporte cual allegados cercanos.
A pesar de que todavía no tengo papeles aquí y no he podido realizar trabajos formales, me dedico a limpiar casas y hay que estirar ingresos mínimos pues aún no se me permite laborar legalmente, sobrevivo porque tengo la fuerza y tengo algo mayor: hemos encontrado a Dios.
Somos cristianos pentecostales. Mi hija más pequeña se está adoctrinando ahora; dentro de poco se bautiza, yo ya me bauticé. Y el visitar la iglesia, estar en comunión con el Señor, ponerlo en primer lugar de nuestras vidas, conocerlo, todo esto ha sido muy positivo. Han sanado las heridas, hemos sabido perdonar todo el daño que nos hicieron”.
Durante tu prisión sufriste traslados punitivos a cientos de kilómetros de tu familia, celdas de castigo y falta de atención médica. ¿Cuál es tu estado de salud actual y cómo evoluciona la recuperación física y psicológica de esas secuelas?
“Sufrí mucho: retaliaciones, traslados, castigos. Yo estaba en la prisión de La Habana, en El Guatao, llamada Prisión de Mujeres del Occidente, y fui trasladada para la prisión provincial de Las Tunas, la Prisión Provincial Típico Nuevo, a más de 700 kilómetros de distancia de los míos.
Allí me sometieron a celdas de aislamiento sin haber cometido delito alguno. Solo porque mi esposo hacía denuncias en los medios, me mantenían castigada, me retiraban el acceso al teléfono y me humillaban verbal y físicamente. Además, la atención médica en la prisión era deficiente: faltaban medicamentos y asistencia sanitaria básica.
Debido a mi firmeza, mi resistencia en la lucha, al apoyo internacional y a mi pertenencia a organizaciones opositoras, la represión en mi contra se intensificó al máximo.
Era muy difícil. Estuve dos años sin ver prácticamente a nadie. Como atravesábamos la pandemia del COVID y la cuarentena, mi familia no podía trasladarse a Las Tunas pues se había suspendido el transporte. Yo duré dos años y ocho meses allí y solo tuve una visita. Fue duro. Y el saber que había una epidemia mortal, que estaban muriendo muchas personas mientras yo estaba en una celda, hacía mayor la angustia.
Yo clamé a Dios por mi gente, que me la librara de aquello y que todo lo malo del mundo me pasara a mí y los salvara de la enfermedad y de las tantas cosas que estaban sucediendo en esos momentos. Fue muy fuerte para mí, para nosotros.
Hoy la fe ha transformado por completo mi vida y la de mi entorno. Gracias a eso puedo decir que estoy curada de las afecciones de salud que padecí en prisión; por ejemplo, sufría de hipertensión, pero desde que puse mi vida en manos del Señor no he vuelto a tener episodios ni secuelas. Perdoné todo lo que me hicieron, para que Dios tome el control sobre los abusos cometidos contra mí, contra los presos políticos y contra el pueblo cubano.
Mi familia también ha encontrado el sendero de la espiritualidad y eso nos ha permitido reconstruirnos. A pesar de estar aún separados, mi hija mayor vive en Cuba con mi mamá y mis cuatro nietas, la creencia ha restaurado nuestras vidas. Quisiera ser un testimonio para los presos políticos y sus familiares: les exhorto a buscar a Dios y ponerlo en primer lugar para superar los obstáculos frente a la dictadura”.
Es conocido lo doloroso que fue separarte de tus tres hijas, dos de ellas menores al momento de tu arresto y el papel crucial de tu madre apoyándote. ¿Cómo se encuentra tu núcleo familiar y de qué manera han afrontado las secuelas emocionales de la cárcel, el distanciamiento prolongado y el exilio?
Yo no quería abandonar Cuba; en todas las entrevistas lo decía: que tendrían que matarme en mi tierra.
Sin embargo, cuando me plantean el ultimátum de que o me iba del país o no saldría de prisión, tuve que pensar en mis hijas, que ya eran adolescentes (cuando me arrestaron las menores tenían solo cinco y nueve años). Ahí me detuve a reflexionar. Si no fuera por mis niñas, yo todavía estaría en prisión. Por ellas finalmente acepté.
Al llegar al exilio necesité volver a conocerlas. No sabía sobre sus nuevos gustos ni sus personalidades, y ellas apenas tenían memoria de la convivencia conmigo ni del trato maternal. Nos tocó rehacer nuestra relación familiar desde cero.
Al principio tuve una crisis. Cuando pasan todas esas cosas, la coraza que uno tiene ante cualquier situación para que nadie te vea flaquear, se quiebra. Pasé por una depresión muy grande, de unos dos meses. No tenía ánimos de bañarme, de peinarme, ni de comer, ni de nada. Y de ahí me levantó la oración, porque fue algo muy terrible.
Pero ya estoy bien. Estoy como que, no lo vas a creer, hermano, pero como que yo no pasé por nada de eso. Me siento así pues Dios me ha quitado toda la angustia, toda la tristeza, toda la tensión que tuve que enfrentar; porque cuando uno es preso político en una dictadura, también tiene que lidiar con los presos comunes, con los guardias, con la Seguridad del Estado, y debes mantener tu mente muy alerta porque te pueden hasta matar.
Hoy estamos en armonía y con mucho amor; en mi casa no se discute, todo se habla bajo la paz y el gozo del espíritu. Hemos dejado el dolor atrás.
Mi madre sí sufre todavía. Ella no ha tenido este proceso de fe, carga con el peso de los siete años que estuve encarcelada y la lejanía actual. Hemos completado un año más separadas donde solo nos comunicamos por videollamadas cuando la red lo permite, pues los constantes apagones en Cuba hacen imposible la comunicación.
También quiero reflejar que mi hija mayor está embarazada, ya casi al parir, ingresada en el Hospital Nacional, y yo… es el cuarto nieto con el que no voy a poder ayudarla, con el que no voy a poder estar”.
Están documentadas las detenciones arbitrarias y la persecución constante contra tu esposo, Ismael Boris Reñí. ¿Cuál es su situación actual y la de tus compañeros de causa que permanecen en Cuba?
“Mi esposo, Ismael Boris Reñí, sufrió persecución constante en la Isla. Afortunadamente, ya se encuentra conmigo aquí en República Dominicana, donde podemos vivir sin el acoso diario del régimen.
Pero no ocurre lo mismo con muchos de nuestros compañeros. Activistas como Roberto Ferrer, aunque han salido de la cárcel, se hallan en ‘libertad condicional’, lo que equivale a estar recluidos en sus propios hogares bajo la vigilancia de la Seguridad del Estado.
Otros casos son aún más graves, como el de Yunaykis Linares, presa política del 11J, a quien le revocaron la libertad condicional concedida tras la mediación del Vaticano y la reingresaron en prisión para cumplir los tres años restantes de su condena. Muchos otros manifestantes del 11J continúan encarcelados. La represión no para.”
Desde 2013 contabas con medidas cautelares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el acompañamiento de Raza e Igualdad. ¿Qué eficacia tuvieron estas herramientas?
“Conté con el respaldo fundamental de muchas organizaciones. He sido parte de las Damas de Blanco, la UNPACU (Unión Patriótica de Cuba), Cuba Decide y el Foro por los Derechos y Libertades. Durante mi encarcelamiento recibí el apoyo constante de líderes como Berta Soler, Claudio Fuentes, Rosa María Payá y José Daniel Ferrer, así como de redes internacionales en Europa y Estados Unidos.
El acompañamiento de la CIDH y de Raza e Igualdad fue decisivo. La presión que ejercieron las medidas cautelares e informes de estas instituciones fue determinante para que el régimen prefiriera mandarme al destierro antes que mantenerme en prisión, dada la visibilidad que había alcanzado mi caso.”
Tu excarcelación no representó la libertad plena, sino una nueva condena: la del exilio forzado. ¿Cómo evalúas el uso sistemático de la expulsión del país para desarticular el liderazgo opositor?
“El exilio forzado sigue siendo la herramienta principal del régimen para neutralizar el liderazgo opositor. En mi caso, tras haber cumplido una condena previa de un año, salí a las calles con el mismo compromiso activista. Por ello, en esta última ocasión, los oficiales de la Seguridad del Estado me notificaron explícitamente que las calles de Cuba estaban prohibidas para mí y que la única vía para salir de la cárcel era abandonar el país. Sí, es un mecanismo sistemático para vaciar a la oposición interna.”
Siempre reiteraste tu compromiso de exigir la liberación de los presos políticos, ¿cómo mantienes la articulación con los movimientos de derechos humanos desde el exterior?
“Me mantengo totalmente activa en el exilio. Sigo colaborando de cerca con las Damas de Blanco, UNPACU y Cuba Decide. Participo activamente en las manifestaciones y actividades organizadas por la Asociación Cubano Dominicana y otros grupos de exiliados para visibilizar la causa cubana. Hago un llamado constante a la unidad de todos los hermanos en el exilio para exigir la liberación de los prisioneros políticos y elaborar mecanismos de presión contra el régimen. Yo firmo cada petición que me envían a favor de un cambio para Cuba y de la libertad de los prisioneros; mi firma siempre estará ahí.
Siento profundamente el sufrimiento de los presos políticos. Si la situación en las cárceles era grave durante mi reclusión, hoy es más crítica debido al colapso del sistema eléctrico nacional: la falta de energía impide la conservación de los pocos alimentos que hay y no permite el bombeo de agua potable, por ejemplo. Los familiares a menudo no pueden hacer las visitas porque no tienen nada de comida para llevar o no hay transporte para trasladarse. La crisis en las prisiones y en la sociedad cubana es absoluta.”
Como mencionas, en la Cuba actual, la honda crisis socioeconómica y la represión continuada agravan el escenario, ¿cuál es tu lectura de la situación de los derechos humanos en las cárceles y en la sociedad cubana?
“La situación en Cuba es insostenible. La escasez de agua, alimentos y electricidad ya ha alcanzado niveles extremos. Esta debacle trae consigo, además, el aumento de la violencia social, de los robos y la desesperación entre la población.
El deterioro en las prisiones va paralelo al del país. La mayoría de los cubanos sobrevive en condiciones francamente deplorables, mientras que una minoría que tiene acceso a remesas del extranjero, algunos pequeños negocios o empresas vinculadas a la cúpula gubernamental mantienen un nivel de vida muy distante del resto. El colapso económico está desencadenando, además, consecuencias sociales severas, como el incremento en los homicidios, feminicidios y suicidios. Sin un cambio político drástico, el escenario solo puede continuar empeorando.”
Para concluir, ¿qué mensaje envías a las defensoras de derechos humanos que permanecen encarceladas y qué llamado haces a la comunidad internacional?
“Les digo por experiencia propia que aun en el punto más oscuro hay esperanza. Pido a los presos políticos y a sus familias mantener la fe y no cesar en las denuncias, las protestas y las demandas de liberación. La comunidad internacional, la ONU y los movimientos en el exilio deben también intensificar la presión sobre el régimen hasta lograr la libertad de todos los prisioneros de conciencia.
A quienes nos han apoyado y a las organizaciones que defienden nuestra causa, les expreso una vez más mi sincero agradecimiento.
Los cubanos dentro y fuera de la Isla tenemos que mantenernos unidos. No están solos; desde el exilio continuaremos alzando la voz por la libertad. Sigo pidiendo a Dios que traiga un cambio a mi país, para que quienes sufrimos el destierro forzoso podamos regresar a Cuba, nuestra casa.
Que así sea. Gracias, Aymara.